miércoles, 23 de marzo de 2011

Un sombrero para la primavera

Y estamos listos para lo… mejor… de las fiestas
Y lo mejor es que estaremos juntos
Seremos amigos siempre
HAY FIESTA!!! Llegó la primavera!!!
FIESTA y todos van cantando
La     la la la la    la la la la



Pues sí, después de un invierno corto pero intenso, finalmente llegó la primavera. Una primavera agridulce, como son las cosas últimamente. La alegría del renacer, la esperanza siempre presente, el lado amable de la situación ya de por sí bastante oscura.

La primavera me empalaga por luminosa. Demasiada felicidad, como demasiada nutella, me empachan.  Pero ante un día perfecto, como el de hoy, no puedo más que quitarme el sombrero ante el que lo hizo.

Y quitarme el sombrero para recibir el sol en la cara, respirar hondo el aire nuevo de este renacer, levantar los brazos para abarcar todo el horizonte, acercarme a ver los brotes recién nacidos de las plantas apaleadas por las heladas, escuchar otra vez a las aves organizando su cambio de casa…

A veces nos hace falta quitarnos el sombrero. El sombrero negro del pesimismo y los presagios oscuros. Cambiarnos el sombrero rojo de la violencia y de la alarma constante. Guardar un tiempo el sombrero violeta de las preocupaciones y el estrés. Y dejar los cabellos al viento, quién sabe si de pronto nos llegue un sombrero blanco, amarillo, verde, etéreo y más fácil de llevar.

Los sombreros se han usado desde hace miles de años. Fueron creados para protegerse del sol, pero evolucionaron como accesorio de vanidad, y por otro lado, como señal de rango. Un chef, no sería el mismo sin su sombrero. Lo mismo podemos decir de los pilotos, las enfermeras y los jugadores de beisbol. Un sombrero nos protege y nos viste, pero también en cierto modo, nos define. Dime cómo es tu sombrero y te diré quién eres.

Así que en esta primavera, ¿cuál sombrero me pondré? Podría ponerme una fedora, para adaptarme a los tiempos de mafias y alianzas ocultas. O podría ponerme un fez, que oculte mis ideas pero no mis ojos. O ¿Qué tal un bombín? Para sentirme con estilo, aunque sea venido a menos. O un cordobés, para zapatear y gritar y que todo mundo piense que bailo. O un salacot, para enfrentar a los leones y rinocerontes que me presente la vida. O una boina, para recordar a mis hombres queridos, mi padre, mis hermanos, mis primos, el sombrero familiar. O un sombrero de bruja, para espantar a los indeseables y esconderme tras una máscara de rudeza. O un sombrerito de cumpleaños, para soplar velitas y pegarle la cola al burro mientras me muero de risa.



El sombrero importa, claro que sí, porque al vernos con un cierto estilo, los demás saben de qué va la cosa, ya pueden saber de qué humor andamos y cómo dirigirse a nosotros. Pero más que el sombrero que nos ponemos por fuera (real o metafórico), impera el que portamos por dentro, el que no se ve, el que ha sido formado por ideas, razonamientos y formas de pensar. Porque donde no hay cabeza, pues no hace falta sombrero. Como los seis sombreros de Edward de Bono, y que habla de las formas en que se debe abordar un problema para asegurar que lo estemos viendo por todos los ángulos posibles.

¿Cuáles ideas son las que tejieron tu sombrero? Más aún, ¿cuáles de ellas son realmente tuyas, en lugar de heredadas, apropiadas, copiadas, arrebatadas, tergiversadas o impuestas? Averiguar cuáles pensamientos son originales es hoy día un desafío, porque ya no hay tiempo para pensar. Todo pasa muy deprisa, instantáneo, o mejor más rápido, inmediato, pronto, pronto, que se nos va la vida. Hablar rápido, pensar más rápido y vivir sin vivir. Nos estamos olvidando de la cabeza por cuidar el sombrero.

Así pues, ¿qué pensamientos elijo para hoy? ¿De qué color y material será mi sombrero? ¿Lo aguantaré todo el día sin cansarme de él? ¿Me aguantará todo el día sin desbaratarse? Porque mi sombrero deberá estar tejido con pensamientos fuertes, resistentes, pero a la vez suaves y lo suficientemente flexibles para soportar los embates de otros sombreros.

La primavera me gusta porque me hace recordar que tengo un armario lleno de sombreros, y que tengo el poder de elegir cuál me voy a poner hoy. Elecciones, como siempre, utilizando bien la cabeza para tomar la decisión y con mayor razón para portar con gallardía (y a veces con valentía) el sombrero que elegí.  

Sombrero de aprendiz, suave y flexible, adaptable y cambiante. Lista para la acción. Sombrero transformer, que se hace alto y bajo a discreción, que se hace fuerte o se desvanece según el interlocutor. Sombrero inteligente, pensante, original y creativo. Sombrero de hechicera, porque la magia está en cada uno de nosotros. 

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